Como un ciervo en tu desierto, clamo a ti ¡Oh Señor!
En mis rodillas sangran las noches eternas de rezos
y en mis lágrimas ya no encuentro consuelo
en esta hora de grises nubarrones y misterios.
Clamo a tu amor, clamo a tu corazón, clamo a ti.
Pido te presentes en mi vida y me dejes verte
con la claridad que ayer te pude ver, Padre Eterno
y me vuelvas a cegar con tu luz brillante.
Como un siervo en tu pradera te rezo ¡Oh Señor!
En mis manos sostengo el corazón
que depositaste en mi pecho vacío hace años
y lo entrego a tu hoguera de mil fuegos sagrados.
Como un siervo en tu desierto, clamo a ti ¡Oh Señor!
sábado, 16 de marzo de 2013
viernes, 1 de marzo de 2013
Cartas para Nadie
Te escribo desde mi exilio, confinado a mi prisión en la costa del Pacífico. No tengo más qué hacer en estos aciagos lugares, el calor se me trepa al cuerpo, la brisa salada me corrompe los dientes, el encierro es un mal menor. Escribir se ha vuelto un ejercicio soso e incoherente en esta realidad alterna, es nada más un intento de no olvidar mi humanidad entre estos muros insípidos.
No hay mucho qué pensar en este lugar, de nada sirve hacerlo, la cabeza duele, el cuerpo se cansa y las gaviotas no se callan durante el día; siempre pensé que una prisión costera sería como un paseo dominical en comparación con los pestilentes calabozos de la capital. Ahora prefiero esa pestilente oscuridad a esta claridad devastadora. El cielo está profundamente azul y cristalino, las nubes navegan como fragatas en alta mar y esas estúpidas gaviotas no se callan...
Acá la vida no se volvió más interesante, no mejoró su sabor como prometía esa vieja canción ¿La recuerdas? Acá incluso eso, la música, se siente sin vida. Pensé recibir delicias marinas como alimento, ni siquiera las ratas se comen esa asquerosidad. Tenemos que cuidarnos por las noches de que no se acerquen demasiado y nos roan los dedos, las orejas, la nariz, la vida misma hasta los huesos.
Lo peor no son los barrotes, es la belleza que nos rodea, son las palmeras y sus cocos, es el sol ardiente y hermoso, son las nubes blancas, es el sonido de las olas que rompen contra los muros grises, es el aroma del mar colándose hasta mi celda solitaria, es el saberme inmerso en la plenitud y no poder disfrutarla...
Te escribo como un último recurso contra la locura, como una última barrera que tiembla ante la inoportuna candidez de la playa. Te escribo a sabiendas que mis cartas terminan en la arena, regadas por algún guardia...
No hay mucho qué pensar en este lugar, de nada sirve hacerlo, la cabeza duele, el cuerpo se cansa y las gaviotas no se callan durante el día; siempre pensé que una prisión costera sería como un paseo dominical en comparación con los pestilentes calabozos de la capital. Ahora prefiero esa pestilente oscuridad a esta claridad devastadora. El cielo está profundamente azul y cristalino, las nubes navegan como fragatas en alta mar y esas estúpidas gaviotas no se callan...
Acá la vida no se volvió más interesante, no mejoró su sabor como prometía esa vieja canción ¿La recuerdas? Acá incluso eso, la música, se siente sin vida. Pensé recibir delicias marinas como alimento, ni siquiera las ratas se comen esa asquerosidad. Tenemos que cuidarnos por las noches de que no se acerquen demasiado y nos roan los dedos, las orejas, la nariz, la vida misma hasta los huesos.
Lo peor no son los barrotes, es la belleza que nos rodea, son las palmeras y sus cocos, es el sol ardiente y hermoso, son las nubes blancas, es el sonido de las olas que rompen contra los muros grises, es el aroma del mar colándose hasta mi celda solitaria, es el saberme inmerso en la plenitud y no poder disfrutarla...
Te escribo como un último recurso contra la locura, como una última barrera que tiembla ante la inoportuna candidez de la playa. Te escribo a sabiendas que mis cartas terminan en la arena, regadas por algún guardia...
sábado, 23 de febrero de 2013
Canto de odio sempiterno
Nunca vuelvas a imponer en mi voluntad tu deseo
Ni quieras intentar siquiera cumplirlo en mí.
Te permití hacerlo un día por el dolor que me causó
tu palabra y tu acto rastrero.
Ahora que vuelvo con fuerza saliendo de mi encierro
no te atrevas a mandarle a mi alma con tu dedo,
que sin dudar te arrancaré la mano entera como cuervo.
No quiera ya tu mente ganar sobre mi decisión
que no podrá detener entonces mi golpe fulminante.
Ni busques el viejo chantaje, aprendí a verlo desde lejos...
¿Has visto lo que ocurrió en mí luego de tu orden?
¿Sabes qué me sucedió al cumplir íntegro tu deseo?
¿Has notado acaso la tristeza ingente que aún flota en mis ojos?
Nunca regresaste para preguntarme cómo me sentía
mientras estuve ahí, esclavo de tu terquedad,
sufriendo en silencio el fustigar de un látigo cansino
que tu mano descargaba sádica sobre mí, sin motivo...
¿¡Acaso no te bastó con encarcelarme!?
¿¡Acaso era necesario aún mayor tormento!?
¿Qué no dijiste amarme tan sólo minutos antes?
¿Qué ganaste de mi soledad y sepulcro?
Tu tumba no se volvió más cálida ni tu entierro más ligero.
Estarás feliz con todo el daño que en mí dejaste,
estarás satisfecha con el desgarro que causaste.
No te atrevas nuevamente, nunca, a mirarme a los ojos
profundos de sueños y negros odios que aún arden...
No te atrevas a entrar al cuarto oscuro
donde se esconde a llorar mi demonio.
No quieras iluminar esa negrura que nace de a poco,
es tu creación, es tu semilla en mi corazón plantada
es tu retoño ¡Reconócele que te pertenece!
Aunque siempre habitará en mi cuerpo...
¡Ahora se ha vuelto un odio eterno!
¿No era eso lo que buscabas al arrancar de tajo la flor?
¿No era esa la intención al quemar el verde césped?
¿No era esto lo que querías de mí?
Nunca esperaste crear tanto mal en un sólo sitio
y he aquí que lograste lo siempre anhelaste...
Fue tu infantil deseo el conocer al demonio que yacía preso.
Fue tu infantil empeño el verle suelto.
Sumida en la oscuridad que hoy me enfrenta a ti,
caerás débil ante mi vuelo y no podrás evitarlo...
Nunca, nunca más conocerás la paz o el amor.
Correrás hacia la ventana y luego a la puerta
buscando un poco de luz y aire para sobrevivir
y no sabrás cómo has llegado hasta aquí,
intentarás escapar en silencio, yo sé que lo harás.
Ya cansada de preguntarte qué secretos escondo ahí,
posarás tus manos descarnadas sobre los horrores
de viejos y olvidados recuerdos del cadáver de un hombre
que tampoco supo cómo fue que terminó ahí.
Una canción de tono infantil te llenará la cabeza
probándote el límite de tu cordura corporal
y se volverá un mioma sanguinolento en tu útero decrépito.
Nacerá de ti la abominación del odio que dejaste crecer.
¡Tuviste la oportunidad de retractarte y salir corriendo!
tuviste el tiempo y el modo necesarios para salvarte
tuviste al mundo a tus pies y en tus manos abiertas
tuviste a tu alcance la llave de la caja de Pandora
y ahora la encuentras en el suelo, abierta.
Con la muerte de la última estrella acabe, quizás,
este odio sempiterno que no cesa de crecer en silencio...
Ni quieras intentar siquiera cumplirlo en mí.
Te permití hacerlo un día por el dolor que me causó
tu palabra y tu acto rastrero.
Ahora que vuelvo con fuerza saliendo de mi encierro
no te atrevas a mandarle a mi alma con tu dedo,
que sin dudar te arrancaré la mano entera como cuervo.
No quiera ya tu mente ganar sobre mi decisión
que no podrá detener entonces mi golpe fulminante.
Ni busques el viejo chantaje, aprendí a verlo desde lejos...
¿Has visto lo que ocurrió en mí luego de tu orden?
¿Sabes qué me sucedió al cumplir íntegro tu deseo?
¿Has notado acaso la tristeza ingente que aún flota en mis ojos?
Nunca regresaste para preguntarme cómo me sentía
mientras estuve ahí, esclavo de tu terquedad,
sufriendo en silencio el fustigar de un látigo cansino
que tu mano descargaba sádica sobre mí, sin motivo...
¿¡Acaso no te bastó con encarcelarme!?
¿¡Acaso era necesario aún mayor tormento!?
¿Qué no dijiste amarme tan sólo minutos antes?
¿Qué ganaste de mi soledad y sepulcro?
Tu tumba no se volvió más cálida ni tu entierro más ligero.
Estarás feliz con todo el daño que en mí dejaste,
estarás satisfecha con el desgarro que causaste.
No te atrevas nuevamente, nunca, a mirarme a los ojos
profundos de sueños y negros odios que aún arden...
No te atrevas a entrar al cuarto oscuro
donde se esconde a llorar mi demonio.
No quieras iluminar esa negrura que nace de a poco,
es tu creación, es tu semilla en mi corazón plantada
es tu retoño ¡Reconócele que te pertenece!
Aunque siempre habitará en mi cuerpo...
¡Ahora se ha vuelto un odio eterno!
¿No era eso lo que buscabas al arrancar de tajo la flor?
¿No era esa la intención al quemar el verde césped?
¿No era esto lo que querías de mí?
Nunca esperaste crear tanto mal en un sólo sitio
y he aquí que lograste lo siempre anhelaste...
Fue tu infantil deseo el conocer al demonio que yacía preso.
Fue tu infantil empeño el verle suelto.
Sumida en la oscuridad que hoy me enfrenta a ti,
caerás débil ante mi vuelo y no podrás evitarlo...
Nunca, nunca más conocerás la paz o el amor.
Correrás hacia la ventana y luego a la puerta
buscando un poco de luz y aire para sobrevivir
y no sabrás cómo has llegado hasta aquí,
intentarás escapar en silencio, yo sé que lo harás.
Ya cansada de preguntarte qué secretos escondo ahí,
posarás tus manos descarnadas sobre los horrores
de viejos y olvidados recuerdos del cadáver de un hombre
que tampoco supo cómo fue que terminó ahí.
Una canción de tono infantil te llenará la cabeza
probándote el límite de tu cordura corporal
y se volverá un mioma sanguinolento en tu útero decrépito.
Nacerá de ti la abominación del odio que dejaste crecer.
¡Tuviste la oportunidad de retractarte y salir corriendo!
tuviste el tiempo y el modo necesarios para salvarte
tuviste al mundo a tus pies y en tus manos abiertas
tuviste a tu alcance la llave de la caja de Pandora
y ahora la encuentras en el suelo, abierta.
Con la muerte de la última estrella acabe, quizás,
este odio sempiterno que no cesa de crecer en silencio...
sábado, 9 de febrero de 2013
Al final
Sí, al final te perdí y nos olvidamos.
El problema es que el final aún es futuro para mí.
Al final nos quedaremos como al inicio:
Sin conocernos ni recordarnos.
Quizás, al encontrarnos frente a frente,
recordemos entonces el otro al uno
los besos y los abrazos que no nos regresamos.
Te perdí y ya no te encuentro.
Melancólico estribillo repetido
del niño que olvidó su juguete preferido
y siente que su mundo es otro.
¡Ya no te encuentro!
Grito desesperado
como de una madre buscando a su hijo
como el bramido de un elefante agonizante...
Escogí caminar y aquí no te encuentro.
Simplemente no te busco.
Simplemente no te encuentro...
Ya no te recuerdo.
El problema es que el final aún es futuro para mí.
Al final nos quedaremos como al inicio:
Sin conocernos ni recordarnos.
Quizás, al encontrarnos frente a frente,
recordemos entonces el otro al uno
los besos y los abrazos que no nos regresamos.
Te perdí y ya no te encuentro.
Melancólico estribillo repetido
del niño que olvidó su juguete preferido
y siente que su mundo es otro.
¡Ya no te encuentro!
Grito desesperado
como de una madre buscando a su hijo
como el bramido de un elefante agonizante...
Escogí caminar y aquí no te encuentro.
Simplemente no te busco.
Simplemente no te encuentro...
Ya no te recuerdo.
Lamento del indio ante las ruinas de la Ciudad Dorada
Recuerda... Recuerda... Recuerda...
Aquél tiempo de vientos cálidos, aquellas montañas verdes y azules alrededor, aquél suelo de tierra pisada fuertemente por gigantes.
Recuerda esos momentos de risas entre las malezas, de agua que corría por el río, de pozos secos que repetían mis versos, de fuegos crepitantes y luciérnagas verdes al anochecer. De lunas pacientes se llenó la cubeta de agua en las tranquilas tardes de tu recuerdo.
La alfombra verde que cubría el paso se secó igual que el último pozo, el túnel de vegetación que conducía hasta el claro fresco se cerró durante la estación de lluvias, no quiso ya la montaña que nadie tome su aire ni su agua ni su paz; tanto la han dividido y acaparado que dejó caer una enorme maraña de ramas, espinas, arañas, alacranes y piedras para cortar el sendero.
Las rocas aún recuerdan las charlas y los humos del tabaco compartido tantas veces, tantas horas, tantos días. El suelo sepulto de la vieja calzada está ahí, uniéndose a la nueva tierra que cayó sobre los pasos de antaño, el altar también quedó bajo el alud. Se escuchan todavía los cantos que adornaron antes esas piedras, esas tierras, esas pisadas.
Más arriba, aún se siente el aroma de la convivencia a escondidas de indiscretas miradas, donde hubo tanta gracia derramada. Más arriba aún siguen las bardas que un día acabarán por ser fronteras infranqueables. Ya ni siquiera se notan las profundas huellas de tantos pies que subieron y bajaron esa cuesta.
Arriba ya no vuelan las águilas ni los cuervos, arriba ya no hay lugar para los buenos deseos. Murió el último guardián y se acercan ya las sombras de los carroñeros...
Recuerda... Recuerda el tiempo bueno.
¡Haz que florezcan sus grandes campos con tu amor y tu recuerdo!
¡Que vibren de nuevo los suelos verdes y las paredes de musgo!
Que se escuchen en toda la montaña risas y en el valle, por favor, que se oigan fuerte como antes...
Recuerda el tiempo bueno...
Aquél tiempo de vientos cálidos, aquellas montañas verdes y azules alrededor, aquél suelo de tierra pisada fuertemente por gigantes.
Recuerda esos momentos de risas entre las malezas, de agua que corría por el río, de pozos secos que repetían mis versos, de fuegos crepitantes y luciérnagas verdes al anochecer. De lunas pacientes se llenó la cubeta de agua en las tranquilas tardes de tu recuerdo.
La alfombra verde que cubría el paso se secó igual que el último pozo, el túnel de vegetación que conducía hasta el claro fresco se cerró durante la estación de lluvias, no quiso ya la montaña que nadie tome su aire ni su agua ni su paz; tanto la han dividido y acaparado que dejó caer una enorme maraña de ramas, espinas, arañas, alacranes y piedras para cortar el sendero.
Las rocas aún recuerdan las charlas y los humos del tabaco compartido tantas veces, tantas horas, tantos días. El suelo sepulto de la vieja calzada está ahí, uniéndose a la nueva tierra que cayó sobre los pasos de antaño, el altar también quedó bajo el alud. Se escuchan todavía los cantos que adornaron antes esas piedras, esas tierras, esas pisadas.
Más arriba, aún se siente el aroma de la convivencia a escondidas de indiscretas miradas, donde hubo tanta gracia derramada. Más arriba aún siguen las bardas que un día acabarán por ser fronteras infranqueables. Ya ni siquiera se notan las profundas huellas de tantos pies que subieron y bajaron esa cuesta.
Arriba ya no vuelan las águilas ni los cuervos, arriba ya no hay lugar para los buenos deseos. Murió el último guardián y se acercan ya las sombras de los carroñeros...
Recuerda... Recuerda el tiempo bueno.
¡Haz que florezcan sus grandes campos con tu amor y tu recuerdo!
¡Que vibren de nuevo los suelos verdes y las paredes de musgo!
Que se escuchen en toda la montaña risas y en el valle, por favor, que se oigan fuerte como antes...
Recuerda el tiempo bueno...
miércoles, 30 de enero de 2013
También fuiste olvidado
¿A dónde vamos, compañero, si en todos lados somos viajeros errantes? Pretendes hablar de renombres y apellidos rimbombantes, sigues siendo mortal y mendigo como antes. De nada sirve encontrarnos, aunque sé que me buscaste. Huí de tus ojos para no herirme con la punta afilada de tus lanzas y cuchillos, preferí correr hasta perderme que vivir cerca de tanto peligro.
Dejé plantadas en mi sendero pequeñas semillas de luceros, de madreselvas y de crisantemos, si no se las comen los pájaros, en primavera y en verano encontrarás mi destino año tras año; date prisa, las aves ya están comiendo...
¿Llorar, hermano, mi amigo? Ya no sirve para ninguno de ambos, para nada hemos llorado, fue desobligado. No caigas en la tentación de encontrarme de verdad, ya no estaré a tu mano. Pido que comprendas, que entiendas mi correlato. No sé desde dónde te escribo, ni sé siquiera este mensaje a dónde mandártelo, ya no te conozco, ya no te alcanzo.
Entre las llamaradas de eternos pasados me consumí, el fuego del ayer aún ardía en el profundo bosque que plantaron tus abrazos y no pude resistir el deseo de recordarte nuevamente y de volver a ver tus palabras pintadas en mis labios, de recorrer juntos, en un recuerdo inmortalizado los ensueños que ambos compusimos aquellos años.
Salté a la hoguera que ardía con lágrimas de luz cayendo alrededor, te vi detrás de mis huellas, buscando mi camino, ¡Te pude gritar! ¡Te pude llamar! Sin embargo el tiempo ya me había transmitido su daño, llorando mis labios de ti se olvidaron, no volaron más mis plumas ni oyeron los vientos mi canto, me dediqué a volverme fuego y a irme al cielo, flotando.
Por eso ya no contesto más tus llamados. No tengo boca para gritarte, tampoco tengo manos. No sé dónde estamos, dudo mucho que volvamos, ni juntos ni por separado.
Dejé plantadas en mi sendero pequeñas semillas de luceros, de madreselvas y de crisantemos, si no se las comen los pájaros, en primavera y en verano encontrarás mi destino año tras año; date prisa, las aves ya están comiendo...
¿Llorar, hermano, mi amigo? Ya no sirve para ninguno de ambos, para nada hemos llorado, fue desobligado. No caigas en la tentación de encontrarme de verdad, ya no estaré a tu mano. Pido que comprendas, que entiendas mi correlato. No sé desde dónde te escribo, ni sé siquiera este mensaje a dónde mandártelo, ya no te conozco, ya no te alcanzo.
Entre las llamaradas de eternos pasados me consumí, el fuego del ayer aún ardía en el profundo bosque que plantaron tus abrazos y no pude resistir el deseo de recordarte nuevamente y de volver a ver tus palabras pintadas en mis labios, de recorrer juntos, en un recuerdo inmortalizado los ensueños que ambos compusimos aquellos años.
Salté a la hoguera que ardía con lágrimas de luz cayendo alrededor, te vi detrás de mis huellas, buscando mi camino, ¡Te pude gritar! ¡Te pude llamar! Sin embargo el tiempo ya me había transmitido su daño, llorando mis labios de ti se olvidaron, no volaron más mis plumas ni oyeron los vientos mi canto, me dediqué a volverme fuego y a irme al cielo, flotando.
Por eso ya no contesto más tus llamados. No tengo boca para gritarte, tampoco tengo manos. No sé dónde estamos, dudo mucho que volvamos, ni juntos ni por separado.
Al final, te perdí y nos olvidamos.
Una búsqueda, me negaba a saberte muerta, desaparecida... Nunca quise aceptar que te habías ido lejos, debió ser un sueño cuando escuché tu voz. Llamé con toda la fuerza de mi pecho, grité tu nombre numerosas veces en los acantilados donde te vi por vez postrera, abriendo tus alas al aire que ascendía en espirales de polvo.
Pensé en llamarte tantas veces, nunca me decidí hasta hoy que es, quizás, muy tarde o más bien, fuera de tiempo. Ni tarde ni temprano, simplemente fuera de tiempo, tú no estás y yo aquí desgañitándome por una ausencia. Zarpé una tarde detrás tuyo, siguiendo el aroma que dejó tu sombra al esfumarse con el alba; pronto el inescrutable mar de dudas colmado me arrojaba a las lindes de la cordura en un intento de detenerme, de vencerme y aniquilarme. No vi tus huesos en el fondo del mar y rechacé la tempestuosa invitación del agua.
Ya sin nave, estiré mis manos hacia las estrellas y me elevé por encima de las olas, de las montañas, de las nubes, de todo... Ahí también te llamé con fuerza, con tu nombre en los labios pregunté a los tres mil soles que me oyeron y me respondieron que pasaste por ahí, hace tiempo, no más, seguían alumbrando con sus rayos el acontecer.
Al salir de la galaxia me alcanzó un enorme hoyo negro que decía conocerte, que mentía sobre ti y tu destino. Me dijo que me amabas, yo sé que miente. Retorció el tiempo, me dejó perdido entre el futuro y el momento después del mañana cuando el sol parte el ayer y la luz se estanca, volviéndose de color gris el alba... No te encontraré jamás. Entre los coloridos cielos sin horizontes ni nubes, de eléctricas noches, de radiantes colores marmóreos, sigo gritando a tu pecho. De día los soles pasan raudos en la bóveda, no te encuentro en ninguno de ellos. Los vapores neblinosos de tanto tiempo detenidos se me meten en las botas y me congelan los dedos, las ramas punzantes que no veo me agarran ¿Dónde te metiste y a dónde mandé tu alma?
No puedo regresar, estoy perdido y sin ti. Me tragó el tiempo, me destruyó la infinita espera, la infinita paciencia, la eterna bondad. Me destruyó mi esencia, aquí no soy inmortal. Me siento a llorar a la luz azul y rosa de cuatro lunas, me hundo en el pantano y siento que el tiempo pútrido entra en mis entrañas. No me corroe, no me carcome, no me mata, solo me inunda por dentro, me lleno de tiempo. Vivo la melancolía de la eternidad que fue un instante bello un día muy lejano y se niega ahora a irse.
He perdido todo rastro tuyo, sé dónde te me perdiste pero no sé dónde encontrarte. Vuelvo al pasado y eso ya no me sirve para dar contigo. Te perdí, y en el proceso, también me perdí. Nadie saldrá a buscarnos, nadie podrá encontrarnos y en nuestro vagar nos hemos condenado a errar sin remedio por la vasta eternidad que nos tragó no recuerdo cuándo ni por qué; hace ya tantísimo tiempo que sigue pareciendo ayer...
La condena de un engaño,
promisoria mentira en un rebaño,
amar más perdidos que encontrados...
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